Caminé, camino y seguiré caminando entre las calles para llegar hasta el Norte o hasta el Sur. La vida irá pasando con sus historias en cada callejón, guardando en su memoria los gritos y las risas, como yo guardo lo que observo. Ya dejé de mirar solo a mi muralla; se abrió paso a lo que seguía más adelante y solo entonces me percaté de lo ciega que me mantuve durante años. Pero aún así lo agradezco, y levanté la cabeza, como si mirase directo a un monstruo. Aún saboreo los aromas de aquel verano llevando bolsas con pan y verduras. Aún puedo recordar las voces de quienes en algún minuto pasaron a mi lado para conversar una palabra, un tema ínfimo tal vez, que perduró en mi memoria hasta el día de hoy. Nada, absolutamente nada resultó fácil o al menos, como a la mayoría le sucede, y aquello me hace en parte, valorar tanto cada detalle, haciendo a un lado lo que normalmente podría preocupar a alguien. Pero a mí me resbala, como si mi piel fuera agua, como cuando las hojas del té se sumergen y el vapor escapa de la taza.
Cuando cuentas una historia como ésta, las personas piensan que lo exageras para provocar lástima. Qué bueno que solo es una minoría con esa mentalidad tan imbécil, y en su mayoría muchos saben que detrás de una realidad tan sacrificada, más que lástima es admiración y fortaleza. Lo destaca tu corazón, por que tu corazón ahora es fuerte. Lo dicen tus ojos, que se han independizado de lo que otros quieren que veas. Ya nada es cierto, y nada es muy creíble, salvo la única cosa que haz podido corroborar a flor de piel: Y es que si quieres algo, hazlo tu mismo, por que la vida siempre es y será una puta si lo deseas.